Mariu

Siempre hay algo que contar...

sábado, 1 de noviembre de 2008

Terrequín

15 de Agosto de 2007, 6:20 de la mañana; como de costumbre todo empezó con un
Tic-Tac, Tic-Tac, lo cual es señal de que estoy despertando, seguido brevemente por un TiTiTi-TiTiTi, así es, es mi alarma cumpliendo con su función, sacarme de ese mundo de sueños y traerme nuevamente aquí a la “realidad”, la cual tengo que admitir, en ocasiones parece extraída de una pesadilla. Con ese fastidioso pero efectivo sonidito, di inicio a un nuevo día, el cual pensé seria igual que los otros( bañarme, tomar desayuno, subirme a un Chama, hacerle entender al cobrador que como universitaria debo pagar 1 nuevo sol, llegar a la universidad para luego de terminadas las clases subir a mi rutinario transporte y finalmente llegar a casa).Todo estaba saliendo como de costumbre, con una pequeña alteración, tenía que asistir a una reunión en compañía de un amigo y compañero de clases a quien solemos llamar “Calatín”.

Tuve que retirarme temprano de dicha reunión, debido a la llegada de unos amigos de la familia desde el otro lado del mundo, sí, desde África, un continente muy lejano que fue testigo de la más grande perdida de mi prole, como fue el decir adiós (sólo en cuerpo porque en alma se que está con nosotros) a Julito, el mejor de los primos. Es por eso que no quería dejar de conocer a las personas que hicieron posible que “Popeye”, mi marino preferido esté con nosotros.

Ya en casa los jijiji, jajaja no se hicieron esperar, entre vino y vino, salud y salud se tocaron conversaciones de todo tipo, desde qué cerveza era mejor, en donde trate de pasar inadvertida, pero no pude con mi genio y tuve que opinar (basándome, obviamente, en experiencias ajenas a mi), hasta cambiar rotundamente de tema y hablar del primo que estuvo en un seminario, quiso ser policía y ahora es administrador. Definitivamente fue una tarde muy amena, pero así como todo inicio tiene su final, llegó la hora de la despedida, los amigos tenían que descansar, al día siguiente les esperaba un largo viaje de retorno al denominado Continente Negro.

6:40 De la tarde (tal vez un poco más o un poco menos), nos dirigimos a ingresar nuevamente al edificio, después de ver cómo el vehículo de las amistades se perdía a lo lejos. Una vez arriba, en el reciente inaugurado departamento, decidí darle un descanso a mi herramienta principal (la lengua) que había trabajado demasiado, y ni que decir de mi sustento anatómico (las rodillas), que habían soportado 12 horas de esos molestos pero indispensables “tacos”. Muy agotada procedí a sacármelos y darles un respiró a mis cansadas bases, comúnmente llamados pies, cuando de pronto sentí un pequeño movimiento, primero pensé que era producto de las copas de vino que había tomado y decidí no decir nada, hasta que Jacquie, mi prima mayor dijo:

- ¡Temblor!

El pánico me invadió como una ráfaga de viento a la copa de un árbol, no supe que hacer, quise gritar, pero no lo hice, pude controlar rápidamente ese deseo, al escuchar las palabras de Jazmín, mi otra prima, quien abrió la puerta y dijo:

-Salgan todos, con calma.

¿Con calma?, la calma para mí en ese momento se había ido de viaje, dejándome en compañía de la desesperación. Fui la primera en bajar, con el pretexto de sostener la reja para que mi abuelita, una “jovencita” de 85 años, pudiera salir rápidamente y quien no dejaba de repetir:

- ¡¡Déjenme, déjenme!! Que puedo sola.

En realidad no era mucho lo que se tenía que bajar, apenas 3 escalones que dividían ese tembloroso piso con el departamento, que es el primero del edificio, pero aun así sentí los segundos más largos de mi vida, parada en la salida cogiendo aquella reja metálica que por el frió daba la apariencia de un cubo de hielo que conducía rápidamente esa gélida sensación por todo mi cuerpo, y que tuvo su ebullición en un grito desesperado:

-¡Apúrense! No para, está más fuerte.

Una vez todos abajo nos dirigimos hacia una esquina que parecía ser segura, hasta ese momento no me había dado cuenta que estaba descalza, caminando por toda la cuadra, pero eso no importaba, lo que quería era estar segura, más aun después de ver ese destello de luz llamado relámpago que conmocionó a todos. Mis nuevos vecinos fueron presos del terror, algunos gritaban y otros lloraban, al sentir como ese sólido piso de cemento se movía como el mar con el vaivén de las olas, seguido por una oscuridad total, que aunque fue por unos segundos alarmó más al vecindario. En ese instante en lo único que podía pensar era en el final de ese terrible movimiento, que para mi tranquilidad aunque tardó, llegó.

Con el pavor dibujado en el rostro de la multitud, después del remezón terráqueo se destinaron a dar media vuelta y volver a sus casas, algunos a curar las heridas dejadas tras la caída por la aparatosa salida, otros preocupados en llamar a sus hijos, padres, hermanos, esperando por respuesta un:

“Si, no te preocupes estoy bien”

¡Qué día aquél! Lleno de sustos y sobresaltos, que hoy es uno más de mis recuerdos y causante de distintas anécdotas que quedarán impresas en mi memoria.

domingo, 26 de octubre de 2008

Recuerdos

RECUERDOS



Mi ciudad, mi barrio, mi casa, mi hogar... ¡mi infancia!, sí que está lejos, no porque esto involucre varios veranos, otoños, primaveras e inviernos completos (que no son muchos, sólo 18); yo diría lejos por la distancia, aquella que me separa de ese sitio de fantasía en donde no es necesario conocer mucho para conocerlo todo, todo y a todos. Así es mi ciudad, pequeña y acogedora, en donde hablar de frío y nieve resulta siendo un misterio oculto entre el cielo resplandeciente que parece querer vivir más y más cada día con la llegada del ocaso. En una ciudad donde la gente te recibe con una sonrisa y no busca más allá de lo que tiene (ya que se cree tenerlo todo, sol, arena, playa, hogar y amigos). Así es Tumbes, una tierra que es un edén, que me quiso y acogió como una madre a su hijo desde antes que vea y admirase su belleza.
Se me hace imposible hablar de mi infancia, niñez y parte de mi adolescencia sin mencionar a Tumbes, el lugar que me vio nacer y que es protagonista de un sin fin de aventuras, y, por que no… de romances también, no solo míos sino de aquellos a los que yo llamo amigos. Lo primero que me viene a la mente es ese club de chicas que fue cambiado y remodelado tantas veces, que ya ni recuerdo, cada vez que se descubría donde era, lo cambiábamos. En ocasiones era debajo de una mesa, entre unos arbustos, en el patio de mi casa, en el cuarto de alguna de nosotras...uff, etc.,etc.; algo curioso es que nunca tuvo nombre, no logramos ponernos de acuerdo, pero eso no era problema, lo único que queríamos era jugar y pasarla bien imitando a nuestros adversarios, los chicos, ellos eran cuatro: Dante, Arturo, Rodolfo, Thiago. Recuerdo que el más rudo era Dante, por eso era el jefe de su grupo, con apenas ocho años se proyectaba como todo un líder; pero esos aires de líder se esfumaban cuando Melissa, su hermana mayor, y miembro del club de chicas, le decía:

-Le voy a decir a mamá

Entonces dejaba de ser ese niño “líder de grupo” para adoptar el rol de hermanito menor y suplicar no decir nada a la jefa (o sea su mamá), cada vez que se le iba la mano con alguna broma. Melissa siempre accedía a sus pedidos con algún pequeño regalo a cambio como chocolate para todas, uhmm... eso nos gustaba; la diferencia entre ellos y nosotras era que la razón de ser de los “Bárbaros”, como se hacían llamar ellos era buscar la estrategia perfecta de ataque, recuerdo una que hoy admito lo buena que fue, todo empieza con el fin de una de nuestras batalla, en la cual Dante decide rendirse y firmar un acuerdo de paz.

- ¡Esta bien nosotras queremos lo mismo, dijo Lilia, miembro del club de chicas.

Una vez firmado dicho acuerdo, siguieron 2 días de paz en los cuales podíamos jugar tranquilas y sin preocupaciones, incluso en el “campo de batalla”, el cual era la conexión que había entre el patio de mi casa con la cochera de Melisa y Dante y la parte trasera de la casa de Thiago, era un espacio muy grande, o así lo veíamos. Ya que son casonas antiguas
eran adecuadas para los juegos de niños, y perfectas para un ataque aéreo; sí, fuimos víctimas de una lluvia de globos que lanzados de cierta altura resultan muy dolorosos, plish, plashh caían los globos y nosotras ahí sin poder defendernos, no llevábamos más que unas muñecas que estaban igual de mojadas. Al tomarnos por sorpresa no tuvimos opción a nada, lo único que hacíamos era gritar:

-¡Traidores, traidores!

Sin duda recibieron un buen castigo y no volvieron a molestarnos por varias semanas, ese ataque nos sirvió para nunca bajar la guardia ya que estos “franco tiradores” volverían al ataque.
En cambio nosotras, a diferencia de ellos, no necesitábamos de ningún plan, ataque, batalla, o pelea, sólo nos reuníamos porque queríamos jugar, con ellos o sin ellos, no era muy importantes, o eso les hacíamos creer.
Hablar de mi infancia me resulta muy graciosa y vuelven esos recuerdo de alegría, no sólo con los amigos que tuve sino también por la familia que tengo cómo olvidar esa improvisada hamaca de sábanas que hacía mi primo Julio en la sala de mi casa, o las clases de baile de Jacqueline y Jazmín, quienes no permiten que se me olvide la que era entonces mi canción favorita (estamos hablando de cuando tenía un poco más de 3 años), dicen que cada vez que la escuchaba corría a ponerme un trajecito al que llamaba mi “sopa de caracol”, el que hacía alusión al nombre de dicha canción, y sin importarme dónde esté me ponía a bailar. No cabe duda que fui una niña feliz, en especial en las Navidades, ¡qué Navidades aquellas!, en donde Papá Noel - luego entendí que eran mis papas- me llenaba el arbolito de navidad con todo lo que había pedido en la lista de regalos. De esas navidades recuerdo los rostros de alegría de mis papas al vernos felices con los regalos, y digo vernos porque en ese entonces éramos 2; karlita, mi hermana menor y yo; Priscilla mi otra hermana nació mucho después, quien todavía disfruta de esa edad que yo ya deje atrás
en la ciudad que me llena de nostalgia, a la que vuelvo cada verano, ya no para jugar a tener un club, pero si a pasar Navidades, ya no como la niñita que esperaba las 12 para abrir los regalos; sino como la jovencita que disfruta el simple hecho de estar en casa, (claro, si hay regalos mejor).
Ahora, lejos de ese lugar cuando me preguntan, ¿por qué vas? Simplemente respondo: “porque es ahí donde me gusta estar”.